Ocho
Llegaba tarde y aún estaba por Diagonal. Los coches eran como una marabunta de pequeñas hormiguitas metálicas; todas enfiladas siguiendo un mismo camino. Su teléfono no dejaba de sonar y eso la alteraba.
-Joder, ya voy…-murmuraba a regañadientes-
Siempre adoró las noches de la ciudad Condal. El olor a mar le hacía suspirar. No podía evitarlo. Lo hacía siempre que podía; como en un impulso por capturar algo que nunca más tendrá. La caravana de coches parecía ceder y pudo meterse por una callejuela. Las calles estaban llenas de gentes paseando; el centro estaba cerca y se notaba la afluencia de personas. Pasó por delante de la Universidad de Barcelona y como siempre, sus ojos se quedaron pegados mirando aquel edificio. Cuando las órbitas de sus ojos se centraron en la carretera, la vio. Frenó en seco. Tarde. Se bajo del coche y ahí estaba ella: tirada y con los ojos cerrados. Se agachó hasta ponerse en cuclillas.
-Oye, ¿puedes oírme? ¿Estás bien?
Tocó su cuello con suma delicadeza para comprobar el pulso. Respiraba y tenía pulso. Tomo aire y se sintió un pelín aliviada. Mientras hinchaba sus pulmones, la joven que yacía en el suelo se había incorporado. Se encontraba algo aturdida y su cuerpo se balanceaba de un lado para otro. La conductora homicida se acercó a ella diciendo
-Menos mal que estás bien. Lo siento mucho, me distraje.
La víctima cayó estrepitosamente en los brazos de la conductora. Se quedó mirándola. No pudo evitar fijarse en su clavícula; brillaba, parecía alumbrar las pecas que le rodeaban. Se sintió algo mal por pensar y fijarse en esas cosas, dada la situación, no había sitio para tonterías. En ese preciso instante, los dos ojos rodeados de frondosas y negras pestañas, se entreabrieron.
-¿Dónde estoy? ¿Quién eres?
-Hola…no sé como decirlo…pero te atropellé. Te voy a llevar al hospital.
-No, no hace falta, me encuentro bien. Sólo estoy algo mareada.
Con sumo esfuerzo la acercó a su coche y la sentó detrás.
-¿Seguro que estás bien?
-Sí, tranquila. Me llamo Estel.
-Hola Estel. Menos mal que no ha pasado nada grave. Mi nombre es Laia. ¿Quieres que te acerque a algún sitio? Me siento bastante mal y no me atrevo a dejarte sola.
-No hace falta, vivo aquí al lado.
-De todas formas, déjame acercarte.
-Vale.
Laia se puso al volante y toma una de las calles que le indico Estel.
-Ya casi estamos.
-Tú me avisas. No conozco muy bien este barri.
-Es la siguiente calle. Puedes dejarme en la esquina.
-Entendido –dijo Laia-
Laía aparcó en doble fila, cerca de la esquina que la joven magullada le había indicado. Estel abrió la puerta del copiloto y se giro hacía Laía.
-Ten cuidado y no corras mucho, otra puede no tener la misma suerte.
-Sí…lo siento mucho.
-Adeu
-Adiós.
Laia se quedó mirando como Estel se perdía en aquella calle. Miro el retrovisor y tomo rumbo a su destino. Volvió a mirar por el retrovisor y vio a Estel corriendo detrás del coche. Paró estrepitosamente y se bajó del coche.
-¿Qué pasa?
-¡Sube, corre, no pares el coche, te lo ruego!
-Vale, vale
Laía se sentó de nuevo y espero a que Estel entrara. Arrancó lo más rápido que pudo y pisó el acelerador como si le fuese la vida en ello.
-¿Qué te ha pasado?
-Nada, había alguien esperándome en el portal. Alguien a quien no deseo ver.
-Vale. ¿Quieres venir a cenar a casa de unas amigas? –dijo Laia con voz temblorosa-
-No sé…no quiero estorbar.
-No estorbarás.
-Vale, acepto.
Subieron por Muntaner y pronto llegaron a la Calle Mallorca. Como había intuido Laia, no había aparcamiento. Tuvieron que dar varias vueltas a la manzana hasta que un auto dejó su plaza libre. Caminaron unos cien metros y en el número 145 de la Calle Valencia, Laia se detuvo. Llamó al 5º 2 D y una voz aterciopelada le dijo que subiera.
El ascensor era diminuto, a penas las dos jóvenes entraban. Subieron muy despacio entre quejidos del ascensor, como si suplicase una jubilación. Se detuvo en la quinta planta y las dos jóvenes acercaron la mano al picaporte del ascensor; el leve roce de sus manos, hizo que éstas retrocediesen impulsivamente. Hubo silencio. Ninguna daba el paso. Esperaban a que la otra volviese a tomar el picaporte. Estel se adelantó y por fin, salieron del pequeño habitáculo. La puerta del piso de Ana estaba abierta. Entraron por el infinito pasillo hasta el salón. Allí estaban todas. Se quedaron perplejas cuando vieron a Laia acompañada.
-Bueno, ya llegó la perdida –dijo entre risas Laura-
-No esperábamos menos de ti, Laia. Siempre tarde. Como te haces de rogar…-apuntillo la chica que agarraba la mano de Laura-
-No seáis malas –Replico la protagonista-
-¿Nos presentas a tu novia? –dijo Olga-
-Es una conocida fortuita. No malinterpretéis, arpías.
-Ja, ja, ja –Rieron algunas-
Eran ocho en total, contando con la acompañante de Laia. Cenaron. Apartaron la mesa que ocupaba un lugar central en la sala, apartaron algunos muebles y esparcieron por la sala algunos cojines. Marta trajo dos botella de Nerello mescalese y Sara repartió copas. Estel permanecía en silencio. Laia no la había presentado y creyó que ese era un buen momento.
-Chicas, ya sabéis cuán informal soy. No os presenté a Estel. Os vais a reír, seguro. La conocí esta noche por poco le atropello. Pero es dura.
-¿Nos estás tomando el pelo? –Dijo Olga con la tez blanca como la cal-
-No.
-Laia liga de forma extraña. Siempre lo ha hecho…siempre lo hará, Ja, ja –Dijo Elisa tratando de picarla-
-Cuándo la invitaste a cenar ¿antes o después de atropellarla con tu coche? –Dijo con voz inocentona Pau-
-Después –Contestó muy seria Laía-
-Ja, ja, ja –Rieron en masa-
-Hola Estel, mi nombre es Laura y esperamos que disfrutes de la velada y se te pase el susto. ¿Has leído algo de Susan Sontag?
- Hola. Es un placer estar con vosotras. Y sí, he leído varios de sus libros: El amante volcán y En América. –Contestó Laía-
-Interesante el segundo. ¿No te llama la atención ‘Contra la interpretación’?-prosiguió Laura-
-Sí, lo tengo pendiente. Es interesante la crítica y el punto de vista de Sontag sobre el Arte.
-Ya saltó Laura con sus libros gafapasteros. ¡Relajaos! –Murmuró Ana-
La noche fue pasando. Eran casi las 3:00 am. Las botellas de vino estaban regadas por el suelo. Laura y Pau estaban algo apartadas, abrazadas, medio dormidas…Elisa hablaba apasionadamente con Estel. Quería hacerle un test. Laia fue a la despensa a coger otra botella de vino. Sara la siguió.
-Oye, es muy guapa la chica que atropellaste. ¡Vaya ojazos! Seguro que has pensado en acostarte con ella.JA.
-Pues no…No me parece llamativa.
-Ajá…te gusta. Te conozco.
-No ves a Elisa, a ella si le gusta. Espero que no la haga incomodar, es heterosexual.
-Pues yo no veo nada incomoda a Estel. No te enceles que ya eres mayorcita.
-No son celos, Sara, es educación.
-Si…sí…claro.
-¿Cuál cojo, Créman o Carcavelos?
-El que gustes…me da igual
Fueron de nuevo al salón y se unieron al resto. Olga y Ana habían desaparecido. Se escuchaban algunos ruidos que provenían de la habitación principal. Elisa seguía hablando con Estel, de libros, música, comida y otros temas mundanos.
-La ciudad de Barcelona ha mejorado con los tiempos y eso de que pretende dar una imagen que no es, me parece una absurda falacia –gritó levantándose apasionadamente Elisa-
-Pues a mi me parece de lo más realista. El arrabal no sale en las guías turísticas.
-Sea lo que sea, es una buena ciudad para vivir. Tenemos a Gaudí. ¿Qué ciudad Española tiene un Gaudí?
-Es cierto, vivimos en una ciudad bella –acuñó Sara-
-¿El servicio donde queda? Hace rato que necesito ir…
Sara, le indico que se encontraba al final del segundo pasillo, a mano izquierda, tercera puerta. Estel se levantó y trató de olvidar las indicaciones. No quería perderse o verse en alguna situación comprometida. Laia se quedo pensativa, mientras que Elisa seguía hablando por los codos.
-Es guapa tu amiga. Creo que le pediré su número de teléfono.
Laia se levantó. Llevaba toda la noche dándole vueltas a lo sucedido con Estel, al porque de su huída. Se dirigió al cuarto de baño y la espero fuera. Estel salió y la miró sorprendida. Sus ojos estaban más abiertos de lo normal. Observaba a Laia con sumo detenimiento. Observaba su pelo negro alborotado y rebelde. Su boca, se le antojaba apetitosa y sentía un fuerte impulso de comerse esos labios rojos y tiernos.
-¿Qué te pasó antes? ¿Quién estaba en tu portal?
-Prefiero no hablar de eso –contestó Estel-
Se dirigieron a la terraza. Estaba plagada de macetas con plantas de todo el mundo. Estel se acercó a una en particular y acarició su tallo, impregnándose de su olor, se llevo la mano a su nariz.
-El jazmín me resulta muy afrodisíaco. –Dijo mirando a Estel-
-Ese olor me recuerda a Granada y a unas piernas.
-¿Unas piernas? –Dijo sorprendida Estel-
-Sí, dos concretamente. No era coja.
Estel se acercó a la barandilla y contemplo las luces de la ciudad. Laia se puso justo detrás. No la rozaba pero faltaba poco. El aire que expulsaba Laia en cada expiración, hacía que los pequeños bellos rubios del cuello de Estel se estirasen. Estel se giró y se encontró de lleno con la boca de Laia. Estel se acercó un poco más al cuerpecillo de aquella que unas horas antes la había atropellado. Las manos fueron acelerándose. Tocaron sus cuerpos como aquel artesano que amasa la arcilla haciéndola estirar, comprimir…El calor mutuo hizo que sus prendan tocaran suelo. Salieron corriendo hacía el baño. Laia tenía agarrada la mano de Estel y siguieron corriendo hasta llegar al cuarto de baño. Entraron en la ducha. El agua de la ducha se confundía con el mar que brotaba en forma de pequeños riachuelos. Sus manos se abrazaron jugando a ser. La ducha exploró jardines, espaldas, caderas. Sus bocas siguieron la ruta de la ducha haciendo peajes en los mismos sitios y en alguno más. Laia alzo la pierna derecha de su sirena y se la llevo a su cintura. Acople finito. Estel apretaba su cuerpo contra el de Laia. Ansiaba unirse a ella, sentir su sexo hinchado. Laia con su cola de sirena irrumpió dentro del mar de Estel. Esta mordía su labio inferior para que no se escapase ningún alarido que interrumpiese la invasión de Laia. Al fin Estel lloró sin tristeza alguna. Su cuerpo emitió tres pequeños temblores. Laia la miraba con más deseo pegándose a ella con más fuerza y fricción. Bailaba rozándose para ella y la música era la respiración agitada de Estel. Era su lija y ella su madera por pulir. El roce era rojo como las mejillas de Estel. Laia no aguantó más y tomó la mano de su madera indicándole su destino. Las manos de Laia arañaban levemente la espalda de Estel. Hasta que la mano de Estel se ahogo en las profundidades de Laia. Se quedaron pegadas. Respirando al mismo ritmo. Laia besaba el cuello de Estel mientras le susurraba que quería volver a invadirla. Estel acercó la mano de Laia hasta su bosque húmedo. Ahora, era Estel la que bailaba al son de la respiración de Laia. La inundación quemó la mano de Estel. Salieron de la ducha y se secaron una a la otra sin dejar de besarse. Estel se acercó a Laia introduciéndole su lengua hasta el fondo.
-Voy a por algo de vino.
-Vale –contestó Laia-
Pasó un rato y Estel no volvía. Laía se puso una toalla y fue a buscarla a la cocina. No estaba. Fue al salón. Ya era de día. No había nadie en la sala. Estaba todo el mundo durmiendo el cansancio acumulado. Se acercó a la terraza y halló su ropa solamente.
Ocho días después fue a aquella esquina. Aparcó el coche. Y se acercó hasta el número 234 de la Calle Albacete. Era allí donde vivía Estel. Espero algunas horas y no apareció. Se dirigía al coche, cuando vio a Estel. Esta también vio a Laia. Se quedaron mirándose a los ojos un rato, quietas, en silencio. Estel echó a correr al ver que Laia se acercaba.
Durante ocho semanas, todos los jueves de cada semana, Laia la esperaba en el portal y veía correr a Estel en dirección contraria.
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