Foro

Guest  

Show or hide header
Welcome Guest, posting in this forum require registration.




» Canales » #Lesbianas » El imperio de los sentidos: Relatos Eróticos

Pages: [1]
Author Topic: El imperio de los sentidos: Relatos Eróticos
Hannah_Hoch
Member
Posts: 7
Post El imperio de los sentidos: Relatos Eróticos
on: December 24, 2009, 00:39

14 Horas con Sylvia

En la estación se escuchaba el ronroneo de la locomotora y la voz de una mujer que anunciaba la salida inmediata de un tren.

Como siempre, esperaba hasta el último momento. Tiró su cigarrillo y de un salto se encaramó en su vagón. Ya había subido sus maletas y había localizado el compartimento que marcaba su billete. Tomó asiento y pensó en el largo trayecto que le esperaba desde la estación de Lyon hasta Madrid.

El trenhotel estaba bastante bien. Era económico, cómodo y bastante rápido. Las estaciones fueron pasando y ningún viajero/a había entrado a incordiar. Detestaba encontrarse con Españoles que regresaban a la patria y sus rollos sobre la diferencia abismal de vivir en Francia o España. La viajera siempre pensó que todos los sitios del mundo eran prácticamente igual. Bien era cierto, que no se podía comparar la noche de París con la noche de Albacete, pero cada sitio, tiene sus peculiaridades, se decía siempre para sí.

Miró por la ventanilla y una luz tenue dejaba entre ver el letrero de una estación: Perigueux. Era una noche bastante cerrada, con algo de niebla. Lo que hacía del viaje algo especial, tétrico y oscuro. Contemplaba por la ventanilla los paisajes oscuros y las luces distorsionadas por la velocidad. Era feliz. Volvía a casa de vacaciones y le encantaba viajar en tren. El traqueteo del tren era para ella como una nana. Casi nunca se quedaba dormida. Siempre llevaba algunos libros para devorarlos.

A las 2:00 AM sonó la puerta. Era el revisor. Respiro aliviada

-Bonsoir, Mademoiselle
-Bonsoir,-le contestó educadamente-

Detrás del pequeño revisor (no medía más de un metro cincuenta). Visualizo una figura femenina. Algo que le molestó. Su amor hacía el tren, su egoísmo, no le permitía compartir con nadie ese vagón. La imagen de la joven detrás del revisor, se aclaró pasando a las estancias del compartimento 531. Era joven. De unos veintiocho años. Alta. Y algo raquítica. Tenía el pelo color azabache, largo y algo ondulado. Su tez era pálida. Se sentó justo en frente de nuestra viajera y la miro

-Hola
-Eh, hola…

-Menos mal, eres española. No domino todavía muy bien el francés.
-Siempre puedes gesticular como un mudo –dijo nuestro viajera en tono jocoso-
-Vaya noche que hace. Da un poco de miedo –prosiguió la desconocida-
-Es una buena noche para viajar.

Nuestra joven se levantó y sin mediar palabra se fue fuera del compartimento. Su acompañante la miró y dijo

-Me llamo Sylvia, ¿tienes un cigarro?
-Hola Sylvia. Sí, tengo dos cigarros. Uno para ti y otro para mí.

Recorrieron casi todo el tren para llegar a una salita acondicionada para este tipo de viajes y para los viajeros fumadores. La sala no medía más de diez metros cuadrados. En los laterales del vagón había varías filas de bancos y con una mesita en el centro. Sólo se veía a un hombre maduro fumándose un puro. La mayoría de las mesas estaban pobladas de migas de pan, plásticos y otros desperdicios. Sylvia fue la primera que tomó asiento. Con un trozo de papel limpió un poco la mesa. La otra chica estaba absorta contemplando el parpadeo de uno de los focos que alumbraba la sala. Sylvia encendió su cigarro. El humo iba hacía el techo haciéndose cada vez más claro; pasando del blanco al gris, y, de este al transparente. La otra muchacha ya había tomado asiento. Ninguna articulaba palabra alguna. El ambiente no era tenso, justo lo contrario: se respiraba comodidad. Al cabo de unos minutos una de las jóvenes comenzó a hablar de las leyes europeas antitabaco y de la histeria general respecto al tema.

-Siempre se ha fumado. Siempre han existido fumadores. Comprendo y respeto a los no fumadores. Es más, no me atrevería a fumar delante de alguien sin consultárselo.

-Opino lo mismo.

-¿Imaginas los productos tóxicos que tiene un solo cigarrillo?

-Jamás me paré a pensarlo. Tampoco ocupo mi tiempo en pensar qué sustancias perjudiciales para la salud hay en el aire que respiramos. Me parece una tontería.

-¿A dónde vas? ¿Sabes que todavía no me has dicho tu nombre?

-Voy a Madrid. Mi nombre es Ruth.

El silencio volvió a llenar la sala. Ruth se levantó y ambas volvieron a su hogar en el tren.

Sylvia llevaba la llave y no lograba hacer que la llave girase del todo. Ruth, detrás de ella, pasó su mano por encima de la de Sylvia y tomó la llave. Con la otra mano trajo hacia ellas un poco la puerta y suavemente giro la llave.

-Ya está.

Sylvia no dijo nada, entró rápidamente y se tropezó con el bolso de mano que había dejado en el suelo. Lo que la hizo perder el equilibrio hasta toparse con una de las maletas. Estaba a punto de volcar sobre la cabeza de Sylvia cuando Ruth corrió hacia ella y con sus manos la puso de nuevo en su lugar.

-Gracias –le dijo Sylvia-

La tez pálida de la joven dejaba entre ver dos grandes lunares rojos que crecían en sus mejillas.

-¿Tienes calor? Creo que en el cuadro de botones de allá hay uno para la calefacción.

-No, no tengo calor. Estoy bien –Replicó rápidamente Sylvia-

Ruth salió de la habitación sin mediar palabra. Sylvia se quedó algo extrañada con la reacción tan mal educada de su compañera. Sacó una carpeta de su bolso y se puso a leer un documento relacionado con su trabajo. Pasó como media hora y su compañera no regresaba. Ruth pensaba que debía esperarla, no podía cerrar la puerta y dejarla fuera. Espero como otra media hora y al ver que no regresaba salió fuera. Iba balanceándose por los estrechos pasillos del tren hasta llegar a la sala de fumadores. Allí estaba Ruth y además, acompañada. Una chica de unos veinte años con el pelo rubio reía junto a ella. Ruth vio a su compañera y en el cruce de miradas, Sylvia retrocedió marchándose. Ruth se levantó rápidamente y corrió hacia ella.

-¡Sylvia, Sylvia! Espera

Sylvia se paró y se giró lentamente diciendo

-Quiero acostarme y no podía cerrar la puerta y dejarte fuera. Toma la llave. Buenas noches.

Ruth se acercó y alcanzó la llave. Sylvia se volvió y ando dos pasos. Una mano la rodeo por la cintura hasta tapar su ombligo, mientras que otra recorrió el cuello y más tarde, su clavícula. Las dos manos se juntaron en la cintura y giraron a la joven. Ruth acercó sus labios a Sylvia hasta encontrarse con los suyos. Ruth apartó el pelo que voló hacía atrás hasta chocar con en la espalda. Sylvia empujó enérgicamente a Ruth hasta hacerla chocar contra una de las paredes del vagón.

Las dos chicas se encontraban frente a frente. A Ruth no le titubeaba la mirada que se clavaba en lo ojos grises de Sylvia. La otra chica miraba la alfombra roja que decoraba odiosamente aquel tren. Ruth, lentamente se acercó a la joven y le dio de nuevo la llave.

-No suelo dormir en los trenes. Me quedaré en la sala toda la noche contemplando aquella luz que no sabe si quedarse encendida o sucumbir a la oscuridad.

Sylvia hizo un mutis sutil y se fue. Ruth se quedó mirando el cuerpo mecido de Sylvia.

Entró en el compartimento y abrió la litera. Se quito la chaqueta negra y los vaqueros. Se metió en la cama. Sintió el roce áspero de las sábanas y comenzó a llover. No paraba de dar vueltas en la litera. Se levantó varias veces y se recostaba nuevamente. Al rato miró el móvil y tenía algunas llamadas. Era tarde. Se levantó justo después y se puso el pantalón. Salió del compartimento hacía el lado opuesto de la sala de fumadores. Abrió una puerta bastante pesada y en un banco, se encontró a Ruth sentada mirando el paisaje oscuro. Intentó irse sin hacer ruido para que la chica no se percatara de su presencia. Fue inútil. Ruth ya la miraba. Uno de los focos se apagó y la habitación se quedó con la luz azul, la de emergencias. Sylvia veía la figura de la chica acercándose. La luz naranja del cigarro de Ruth cada vez estaba más cerca del estrecho cuerpo de Sylvia. Esta retrocedió y se pegó a la puerta. Ruth tiró el cigarro. Bajo una de sus manos y busco las yemas de Sylvia. Presionó su cuerpo al de la joven. Y acercó su boca hasta casi tocarla. Se quedaron quietas. Ruth bajo su cabeza y revolvió el pelo de Sylvia. La boca de Ruth estaba pegada al cuello de Sylvia. Respiraba. El aliento cálido de Ruth hizo que Sylvia temblara. Con los vellos erguidos, Sylvia rodeo a Ruth apretando su cuerpo más. La fricción era absoluta. El espacio inexistente. El calor aumentaba. Lánguidas y lentas, las manos de Ruth comenzaron a desabrochar el vaquero de Sylvia. Éste estaba arrugado y húmedo. Ruth se percató y el movimiento lánguido se tornó furioso. La cabeza de Ruth se encontraba de nuevo en paralelo a la de Sylvia. La joven apresada entre la puerta y Ruth, lanzó un mordisco a uno de los labios finos de Ruth. Inútilmente, ya que Ruth hizo retroceder su cabeza. Sylvia la tomó y en un movimiento brusco, hizo girar sus cuerpos. Ahora era Ruth la que se encontraba aprisionada. Lucharon sus bocas. Chocándose, encontrándose, abatiéndose…Bailaban por la habitación y chocaban sus cuerpos contra las paredes del tren. Sylvia palpó una mesa y llevó el cuerpo de Ruth hacía ella. Esta se sentó. Sylvia bajó sus manos desde el hombro de Ruth hasta su rodilla. Apretó su rodilla e hizo espacio entre ésta y la otra. Sylvia se acomodo en medio. La fricción y el movimiento lánguido regresó. El pelo de Sylvia se mecía al ritmo de las caderas de Ruth. La luz volvió y las dos chicas se miraron a los ojos. Ruth buscó de nuevo la boca de Sylvia. Encontró su lengua que no paraba de hacer círculos dentro de su boca. Sylvia se quitó la camiseta y dejó al descubierto su torso. Dos pequeños montes colmados por dos cerezas prietas, hizo un paisanaje que enloqueció a Ruth. Le quito violentamente el pantalón a Sylvia. Posó su cuerpo en la mesa y bajó sin parada alguna hasta el centro de sus piernas. El cuerpo de Sylvia desprendía calor y a veces se movía como los volcanes que avisan de una inminente erupción. La boca de Ruth recorrió la entrepierna de Sylvia. Su lengua atacó rabiosa y le mordió dentro. La pelvis de Sylvia se agitaba al ritmo que marcaban los labios de Ruth. Hambrienta la devoró. Notaba la inflación y se ahogaba dulcemente entre sus piernas hasta que notó su rostro tan húmedo como un lago. Se incorporó y acercó sus labios casi humeantes a la boca roja de Sylvia. De nuevo sus bocas lucharon hasta destrozarse y la humedad fue compartida.

Las dos chicas se acercaron a su compartimento. Entraron y prosiguió la batalla. Deseaban morir de placer angosto. La litera de Sylvia sirvió de lecho a las jóvenes. Ruth se encontraba abajo y Sylvia cabalgaba a galope sobre ella. La fricción volvió a ser la protagonista. Las piernas dejaron de serlo para convertirse en cuatro enredaderas. Las manos de Ruth animaban el contoneo del cuerpo de Sylvia. La lluvia inundo el compartimento. Las sábanas parecían arenas movedizas y el pecho de Ruth era la almohada de Sylvia. El tren se detuvo. Sonó un timbre. Las dos chicas vistieron a la velocidad de la luz. Una de ellas levantó la persiana y se hizo la luz. La estación de Atocha se hacía cada vez menos pequeña. Cada una miró su equipaje y lo bajo. Entraron en la estación y sus ojos se miraban como odiándose, con la misma intensidad. El revisor hizo acto de presencia y las ayudó a bajar sus equipajes al andén. Las miradas seguían conectadas. Una voz grave resonaba en forma de eco.

-Sylvia, hey.

Un hombre de unos treinta y dos años se acercaba rápidamente a las dos jóvenes. Ruth cogió su maleta y se alejo de Sylvia. Esta la miraba sin moverse del sitio. Corrió hacía Ruth y la abrazo. Ruth se quedó esta vez quieta. Y continúo alejándose. Cuando Ruth surcó las escaleras mecánicas giró su cabeza y vio al hombre invadiendo el espacio que horas antes había sido suyo.

Hannah_Hoch
Member
Posts: 7
Post Re: El imperio de los sentidos: Relatos Eróticos
on: December 24, 2009, 00:40

Ocho

Llegaba tarde y aún estaba por Diagonal. Los coches eran como una marabunta de pequeñas hormiguitas metálicas; todas enfiladas siguiendo un mismo camino. Su teléfono no dejaba de sonar y eso la alteraba.

-Joder, ya voy…-murmuraba a regañadientes-

Siempre adoró las noches de la ciudad Condal. El olor a mar le hacía suspirar. No podía evitarlo. Lo hacía siempre que podía; como en un impulso por capturar algo que nunca más tendrá. La caravana de coches parecía ceder y pudo meterse por una callejuela. Las calles estaban llenas de gentes paseando; el centro estaba cerca y se notaba la afluencia de personas. Pasó por delante de la Universidad de Barcelona y como siempre, sus ojos se quedaron pegados mirando aquel edificio. Cuando las órbitas de sus ojos se centraron en la carretera, la vio. Frenó en seco. Tarde. Se bajo del coche y ahí estaba ella: tirada y con los ojos cerrados. Se agachó hasta ponerse en cuclillas.

-Oye, ¿puedes oírme? ¿Estás bien?

Tocó su cuello con suma delicadeza para comprobar el pulso. Respiraba y tenía pulso. Tomo aire y se sintió un pelín aliviada. Mientras hinchaba sus pulmones, la joven que yacía en el suelo se había incorporado. Se encontraba algo aturdida y su cuerpo se balanceaba de un lado para otro. La conductora homicida se acercó a ella diciendo

-Menos mal que estás bien. Lo siento mucho, me distraje.

La víctima cayó estrepitosamente en los brazos de la conductora. Se quedó mirándola. No pudo evitar fijarse en su clavícula; brillaba, parecía alumbrar las pecas que le rodeaban. Se sintió algo mal por pensar y fijarse en esas cosas, dada la situación, no había sitio para tonterías. En ese preciso instante, los dos ojos rodeados de frondosas y negras pestañas, se entreabrieron.

-¿Dónde estoy? ¿Quién eres?
-Hola…no sé como decirlo…pero te atropellé. Te voy a llevar al hospital.
-No, no hace falta, me encuentro bien. Sólo estoy algo mareada.

Con sumo esfuerzo la acercó a su coche y la sentó detrás.

-¿Seguro que estás bien?
-Sí, tranquila. Me llamo Estel.
-Hola Estel. Menos mal que no ha pasado nada grave. Mi nombre es Laia. ¿Quieres que te acerque a algún sitio? Me siento bastante mal y no me atrevo a dejarte sola.

-No hace falta, vivo aquí al lado.
-De todas formas, déjame acercarte.
-Vale.

Laia se puso al volante y toma una de las calles que le indico Estel.

-Ya casi estamos.
-Tú me avisas. No conozco muy bien este barri.
-Es la siguiente calle. Puedes dejarme en la esquina.
-Entendido –dijo Laia-

Laía aparcó en doble fila, cerca de la esquina que la joven magullada le había indicado. Estel abrió la puerta del copiloto y se giro hacía Laía.

-Ten cuidado y no corras mucho, otra puede no tener la misma suerte.
-Sí…lo siento mucho.
-Adeu
-Adiós.

Laia se quedó mirando como Estel se perdía en aquella calle. Miro el retrovisor y tomo rumbo a su destino. Volvió a mirar por el retrovisor y vio a Estel corriendo detrás del coche. Paró estrepitosamente y se bajó del coche.

-¿Qué pasa?
-¡Sube, corre, no pares el coche, te lo ruego!
-Vale, vale

Laía se sentó de nuevo y espero a que Estel entrara. Arrancó lo más rápido que pudo y pisó el acelerador como si le fuese la vida en ello.

-¿Qué te ha pasado?
-Nada, había alguien esperándome en el portal. Alguien a quien no deseo ver.
-Vale. ¿Quieres venir a cenar a casa de unas amigas? –dijo Laia con voz temblorosa-
-No sé…no quiero estorbar.
-No estorbarás.
-Vale, acepto.

Subieron por Muntaner y pronto llegaron a la Calle Mallorca. Como había intuido Laia, no había aparcamiento. Tuvieron que dar varias vueltas a la manzana hasta que un auto dejó su plaza libre. Caminaron unos cien metros y en el número 145 de la Calle Valencia, Laia se detuvo. Llamó al 5º 2 D y una voz aterciopelada le dijo que subiera.
El ascensor era diminuto, a penas las dos jóvenes entraban. Subieron muy despacio entre quejidos del ascensor, como si suplicase una jubilación. Se detuvo en la quinta planta y las dos jóvenes acercaron la mano al picaporte del ascensor; el leve roce de sus manos, hizo que éstas retrocediesen impulsivamente. Hubo silencio. Ninguna daba el paso. Esperaban a que la otra volviese a tomar el picaporte. Estel se adelantó y por fin, salieron del pequeño habitáculo. La puerta del piso de Ana estaba abierta. Entraron por el infinito pasillo hasta el salón. Allí estaban todas. Se quedaron perplejas cuando vieron a Laia acompañada.

-Bueno, ya llegó la perdida –dijo entre risas Laura-
-No esperábamos menos de ti, Laia. Siempre tarde. Como te haces de rogar…-apuntillo la chica que agarraba la mano de Laura-
-No seáis malas –Replico la protagonista-
-¿Nos presentas a tu novia? –dijo Olga-
-Es una conocida fortuita. No malinterpretéis, arpías.
-Ja, ja, ja –Rieron algunas-
Eran ocho en total, contando con la acompañante de Laia. Cenaron. Apartaron la mesa que ocupaba un lugar central en la sala, apartaron algunos muebles y esparcieron por la sala algunos cojines. Marta trajo dos botella de Nerello mescalese y Sara repartió copas. Estel permanecía en silencio. Laia no la había presentado y creyó que ese era un buen momento.

-Chicas, ya sabéis cuán informal soy. No os presenté a Estel. Os vais a reír, seguro. La conocí esta noche por poco le atropello. Pero es dura.
-¿Nos estás tomando el pelo? –Dijo Olga con la tez blanca como la cal-
-No.
-Laia liga de forma extraña. Siempre lo ha hecho…siempre lo hará, Ja, ja –Dijo Elisa tratando de picarla-
-Cuándo la invitaste a cenar ¿antes o después de atropellarla con tu coche? –Dijo con voz inocentona Pau-
-Después –Contestó muy seria Laía-
-Ja, ja, ja –Rieron en masa-
-Hola Estel, mi nombre es Laura y esperamos que disfrutes de la velada y se te pase el susto. ¿Has leído algo de Susan Sontag?
- Hola. Es un placer estar con vosotras. Y sí, he leído varios de sus libros: El amante volcán y En América. –Contestó Laía-
-Interesante el segundo. ¿No te llama la atención ‘Contra la interpretación’?-prosiguió Laura-
-Sí, lo tengo pendiente. Es interesante la crítica y el punto de vista de Sontag sobre el Arte.
-Ya saltó Laura con sus libros gafapasteros. ¡Relajaos! –Murmuró Ana-

La noche fue pasando. Eran casi las 3:00 am. Las botellas de vino estaban regadas por el suelo. Laura y Pau estaban algo apartadas, abrazadas, medio dormidas…Elisa hablaba apasionadamente con Estel. Quería hacerle un test. Laia fue a la despensa a coger otra botella de vino. Sara la siguió.

-Oye, es muy guapa la chica que atropellaste. ¡Vaya ojazos! Seguro que has pensado en acostarte con ella.JA.
-Pues no…No me parece llamativa.
-Ajá…te gusta. Te conozco.
-No ves a Elisa, a ella si le gusta. Espero que no la haga incomodar, es heterosexual.
-Pues yo no veo nada incomoda a Estel. No te enceles que ya eres mayorcita.
-No son celos, Sara, es educación.
-Si…sí…claro.
-¿Cuál cojo, Créman o Carcavelos?
-El que gustes…me da igual

Fueron de nuevo al salón y se unieron al resto. Olga y Ana habían desaparecido. Se escuchaban algunos ruidos que provenían de la habitación principal. Elisa seguía hablando con Estel, de libros, música, comida y otros temas mundanos.

-La ciudad de Barcelona ha mejorado con los tiempos y eso de que pretende dar una imagen que no es, me parece una absurda falacia –gritó levantándose apasionadamente Elisa-
-Pues a mi me parece de lo más realista. El arrabal no sale en las guías turísticas.
-Sea lo que sea, es una buena ciudad para vivir. Tenemos a Gaudí. ¿Qué ciudad Española tiene un Gaudí?
-Es cierto, vivimos en una ciudad bella –acuñó Sara-
-¿El servicio donde queda? Hace rato que necesito ir…

Sara, le indico que se encontraba al final del segundo pasillo, a mano izquierda, tercera puerta. Estel se levantó y trató de olvidar las indicaciones. No quería perderse o verse en alguna situación comprometida. Laia se quedo pensativa, mientras que Elisa seguía hablando por los codos.

-Es guapa tu amiga. Creo que le pediré su número de teléfono.

Laia se levantó. Llevaba toda la noche dándole vueltas a lo sucedido con Estel, al porque de su huída. Se dirigió al cuarto de baño y la espero fuera. Estel salió y la miró sorprendida. Sus ojos estaban más abiertos de lo normal. Observaba a Laia con sumo detenimiento. Observaba su pelo negro alborotado y rebelde. Su boca, se le antojaba apetitosa y sentía un fuerte impulso de comerse esos labios rojos y tiernos.

-¿Qué te pasó antes? ¿Quién estaba en tu portal?
-Prefiero no hablar de eso –contestó Estel-

Se dirigieron a la terraza. Estaba plagada de macetas con plantas de todo el mundo. Estel se acercó a una en particular y acarició su tallo, impregnándose de su olor, se llevo la mano a su nariz.

-El jazmín me resulta muy afrodisíaco. –Dijo mirando a Estel-
-Ese olor me recuerda a Granada y a unas piernas.
-¿Unas piernas? –Dijo sorprendida Estel-
-Sí, dos concretamente. No era coja.

Estel se acercó a la barandilla y contemplo las luces de la ciudad. Laia se puso justo detrás. No la rozaba pero faltaba poco. El aire que expulsaba Laia en cada expiración, hacía que los pequeños bellos rubios del cuello de Estel se estirasen. Estel se giró y se encontró de lleno con la boca de Laia. Estel se acercó un poco más al cuerpecillo de aquella que unas horas antes la había atropellado. Las manos fueron acelerándose. Tocaron sus cuerpos como aquel artesano que amasa la arcilla haciéndola estirar, comprimir…El calor mutuo hizo que sus prendan tocaran suelo. Salieron corriendo hacía el baño. Laia tenía agarrada la mano de Estel y siguieron corriendo hasta llegar al cuarto de baño. Entraron en la ducha. El agua de la ducha se confundía con el mar que brotaba en forma de pequeños riachuelos. Sus manos se abrazaron jugando a ser. La ducha exploró jardines, espaldas, caderas. Sus bocas siguieron la ruta de la ducha haciendo peajes en los mismos sitios y en alguno más. Laia alzo la pierna derecha de su sirena y se la llevo a su cintura. Acople finito. Estel apretaba su cuerpo contra el de Laia. Ansiaba unirse a ella, sentir su sexo hinchado. Laia con su cola de sirena irrumpió dentro del mar de Estel. Esta mordía su labio inferior para que no se escapase ningún alarido que interrumpiese la invasión de Laia. Al fin Estel lloró sin tristeza alguna. Su cuerpo emitió tres pequeños temblores. Laia la miraba con más deseo pegándose a ella con más fuerza y fricción. Bailaba rozándose para ella y la música era la respiración agitada de Estel. Era su lija y ella su madera por pulir. El roce era rojo como las mejillas de Estel. Laia no aguantó más y tomó la mano de su madera indicándole su destino. Las manos de Laia arañaban levemente la espalda de Estel. Hasta que la mano de Estel se ahogo en las profundidades de Laia. Se quedaron pegadas. Respirando al mismo ritmo. Laia besaba el cuello de Estel mientras le susurraba que quería volver a invadirla. Estel acercó la mano de Laia hasta su bosque húmedo. Ahora, era Estel la que bailaba al son de la respiración de Laia. La inundación quemó la mano de Estel. Salieron de la ducha y se secaron una a la otra sin dejar de besarse. Estel se acercó a Laia introduciéndole su lengua hasta el fondo.

-Voy a por algo de vino.
-Vale –contestó Laia-

Pasó un rato y Estel no volvía. Laía se puso una toalla y fue a buscarla a la cocina. No estaba. Fue al salón. Ya era de día. No había nadie en la sala. Estaba todo el mundo durmiendo el cansancio acumulado. Se acercó a la terraza y halló su ropa solamente.

Ocho días después fue a aquella esquina. Aparcó el coche. Y se acercó hasta el número 234 de la Calle Albacete. Era allí donde vivía Estel. Espero algunas horas y no apareció. Se dirigía al coche, cuando vio a Estel. Esta también vio a Laia. Se quedaron mirándose a los ojos un rato, quietas, en silencio. Estel echó a correr al ver que Laia se acercaba.

Durante ocho semanas, todos los jueves de cada semana, Laia la esperaba en el portal y veía correr a Estel en dirección contraria.

Hannah_Hoch
Member
Posts: 7
Post Re: El imperio de los sentidos: Relatos Eróticos
on: December 24, 2009, 00:41

Tobillo

Cloé paseaba por la Alameda como cualquier viernes noche. La noche pintaba el cielo de un rojo anaranjado a un azul eléctrico. La brisa marina correteaba por su escote y hacía que sus diminutos vellos se tensaran. La Alameda estaba repleta de colores y olores. Se iba acercando al centro de la ciudad. Su nariz podía percibir el aroma a flores y cloaca. Una mezcla muy particular. Divisaba al fondo de la calle el Bar “Xiqués”. No había casi nadie. Sólo estaba Évy. La poderosa y rubia, Évy. Siempre se le antojó particularmente exótica. Su piel oscura contrarrestaba con el color de sus cabellos soleados. Generalmente detestaba esas combinaciones, pero Évy tenía un nosequé, algo distinto. Nada más entrar, Évy estiro su boca y se la regaló a Cloé.

- ¿Cómo va la noche? –dijo Évy-
- Demasiado fría para ser Agosto. –contesto Cloé-
- Cierto. Vas a tomar algo – le replicó Évy mientras se llevaba a sus labios una copa de Jägermeister.
- No me apetece. Entre saludar. Buenas noches. –Dijo despidiéndose Cloé-
- Hasta Luego, Cló.

Prosiguió por las oscuras y estrechas en dirección a su hogar. En el camino se encontró con varios gatos que asaltaban contenedores y papeleras, y alguna vieja que salía a tirar la basura. El cielo estalló. Una manga de agua, hizo que se escondería en una casa semi – derruida, para guarecerse del potente goteo. No cesaba. Le quedaba como media hora de camino y se impacientaba. Los relámpagos encendían la calle unos segundos. Las gotas de lluvia se le colaban por todas las ranuras de su ropa haciéndola tiritar. Escuchó algunos pasos y asomó su cabeza viendo a una chica que corría hacía su refugio en ruinas. Una figura femenina, alta y esbelta se escurrió entre las sombras.

- Vaya mierda de noche –exhaló la jóvena desconocida-
- Pues sí. Al menos encontramos este sitio. –le contesó Cloé.

Cloé observo las piernas de la jóvena. Reccorió con sus ojos desde sus rodillas hasta los dedos de sus pies. Paró en secó en su tobillo izquierdo. La desconocida se percató de la mirada incauta de Cloé y se echó a reir.

- El suelo está muy húmedo, vaya día para llevar chanclas
- Podemos entrar un poco más y ver si hay alguna parte seca. Esto parece que no cesará en un buen rato. –Dijo Cloé-
- Sí, porque estoy helada. ¿Tienes cerillas o encendedor?
- No…Bueno, sí, pero no sé en qué estado.
- Veámos.

Las dos muchachas se adentraron más en la casa. Empujaron una enorme puerta de madera y pasaron a un extenso patio rectangular. La casa susurraba un pasado colonial con sus azulejos y sus cuatro columnas. Había una escalera de metal que subía al segundo piso. Dudaron y pasaron a un pequeño cuarto que se encontraba debajo de la escalera. El ruido de la lluvia sobre la casa, sonaba como un redoble intenso y continuo de tambores. Encontraron varios trozos de tela y de madera, de lo que pudo ser una viga. Había una silla esquelética, sin asiento. Cloé se acerco y la aplasto con su pie. Se hizo trizas. Junto toda la madera que encontró e intento prenderla. La madera estaba húmeda y les fue difícil que se encendiera. Al final, gracias a la tela, lograron encenderla.

- Creo que me voy a quitar el pantalón y la camiseta. Qué cosas. Con el aguacero y el frío, no te he dicho mi nombre. – dijo entre risas la muchacha-
- Me llamo Ilse.
- Bonito nombre. El mío es Cloé. Encantada.
- Igualmente.

La luz blanquecina se adentraba por los rincones de la casa iluminándola. Ilse se quito la ropa y la puso cerca de hoguera. Apartó enseres y desperdicios y se sentó. Cloé admiraba el color de la piel de Ilse. La luz de la hoguera, hacía que su piel tomara un color tenue muy sensual. Se volvió a quedar estancada en su tobillo izquierdo.

- ¿Qué miras? –Le dijo Ilse mirándola con sombras en sus ojos-
- Ehm…Tu tobillo izquierdo.
- Te gusta.
- No estoy segura.
- Acércate.
Se acercó y se inclinó hasta sentarse a su lado. Ilse estiro su pierna y la puso sobre las piernas de Cloé. El sofá inesperado, agarró el pie de Ilse y se quedó mirando el lunar que decoraba la llanura de su tobillo. No pudo contenerse y acerco su mano rodeando la curvatura del hueso, bajaban y subían sus dedos hasta terminar sobre el pequeño lunar. Cloé miró la cara de Ilse. Se quedaron mirándose fijamente un rato. Ilse se inclinó y la beso en los labios. Cloé pasó su mano por la espalda de Isle y junto su cuerpo al de ella. Sus lenguas se acariciaban suavemente, se rozaban, se escondían, dibujaban círculos. Los labios de Cloé se tornaron rojizos y brillantes. Los brazos de ambas exploraban partes haciendo dibujos abstractos en espaldas, hombros, clavículas…Cloé se quitó la camiseta acercándose más a Ilse, hasta ocupar su cuerpo. El peso de Cloé ejercía una leve presión entre las piernas de Ilse. Los golpes de lluvia sobre la casa marcaba el ritmo del cuerpo de Ilse. Cloé, agarró los brazos de Ilse y se los llevo hacía atrás, sobre el suelo. Se incorporó un poco. Devoró con su mirada el torso, los pechos, sus axilas, la clavícula, el cuello, la mandíbula, los ojos, los labios…de Ilse. Bajó despacio y rozo con su boca los labios que también brillaban. Introdució su lengua rígida en la boca de Ilse; la besó con pasión. El agua de sus cuerpos comenzaba a brotar por poros y jardines oscuros. La lluvia llegaba a todos sitios. Cloé se movía más y más sobre Ilse, sin soltar sus manos. Desde su boca tomó rumbo hacía el sur. Besó sus mejillas, saltando dulcemente hacia su cuello, devorándolo y lamiéndolo. Pasó su lengua por sus clavículas, bajaba entre las dos tersas rocas. Continúo besando sus pechos duros e hinchados. Despacio, muy despacio. Su aliento manchaba la piel de Ilse. Llegó a su ombligo, lo rodeo varias veces saltando de nuevo hacía sus caderas. Ilse temblaba, se estiraba debajo de Cloé. Las manos de Cloe bajaron fugazmente hasta las piernas de Ilse. Lamió sus rodillas lentamente hasta llegar a la llanura del lunar en el tobillo de Ilse. Lo besó despacio. Chupo uno a uno los dedos de Ilse. Ahora desea volver al norte. Las piernas de Ilse se abrían a Cloé. Descansó su boca en los páramos negros de Ilse. Buscó su fruta roja; rodeándola, besándola, mordiéndola…Sus lengua se hizo piedra rozando esa fruta roja que se hinchaba cada vez más. El calor entre sus piernas asfixiaba a Cloé, que tuvo que alzar su cabeza para tomar aire, para de nuevo, décimas de segundos después, volver a enterrarse entre la lava roja de Ilse. Su pelvis saltaba como un saltamontes. Subió Cloé y se encajo a Ilse. Su mirada también era roja y brillante, deseosa. Las manos de Ilse ataban a Cloé dejándole un pequeño espacio para frotarse contra ella. Las piernas de Cloé nadaban en Ilse. Sus manos se agarraron fuerte, encajadas, prietas, pegadas, unidas…esperaban el suspiro. Llegaron varios alaridos y temblores. Los gritos de Cloé hacían que Ilse se moviera con más energía, con más fuerza vigorosa. Ambas nadaban juntas y se ahogaban mutuamente. Los relámpagos pintaron de un azul apagado el rostro de Ilse. Cloé dejó caer todo su cuerpo sobre Ilse, mientras besaba su cuello, pegando su rostro más y más.

Amaneció. La luz del sol penetraba por mil y un orificios, convirtiendo el lugar en un universo lleno líneas amarillas.

Se vistieron en silencio. Cloé se puso de rodillas y beso el tobillo de Ilse. Ambas marcharon, juntas, distantes, sucias y desprendiendo luz.

Pages: [1]
WP-Forum by: Fredrik Fahlstad, Version: 2.2
Page loaded in: 0.161 seconds.